“Campos de concentración de Franco”, un libro para esclarecer uno de los capítulos más oscuros y sangrientos de la dictadura

    La presentación del libro “Los campos de concentración de Franco: sometimientos, torturas y muerte tras las alambradas”, del periodista Carlos Hernández de Miguel, corresponsal de RTVE en muchos conflictos bélicos del mundo, ha servido para poner luz en uno de los capítulos más desconocido y sanguinario del proceder del poder de la dictadura franquista.

    02/12/2019.

    El acto, organizado por la Fundación Jesús Pereda de Comisiones Obreras de Castilla y León (FJP-CCOO CyL), en colaboración con la Delegación Provincial de CCOO en Valladolid y la Universidad de Valladolid (UVa), tuvo lugar mañana la tarde de ayer miércoles día 27 de noviembre, en el salón de Grados de la Facultad de Derecho de la UVa. Además del propio autor del libro, estuvieron presentes las historiadoras Asunción Esteban y María Jesús Izquierdo. Esta terna mantuvo un más que interesante diálogo, moderado por Gonzalo Franco Blanco, delegado de CCOO en Valladolid. También acudieron el secretario general de CCOO-CyL, Vicente Andrés Granado, y el de Organización y Comunicación, Luis Fernández Gamazo.

    Hernández de Miguel muestra en este libro muchos años de investigaciones a partir de la propia documentación generada por el ejército y los numerosos testimonios de los propios supervivientes. Gracias a este notable esfuerzo de “hurgar” entre miles de documentos existentes en diferentes archivos, este profesional de la comunicación ha podido desvelar la existencia de 296 campos de concentración en toda España durante ese periodo “negro” de nuestra historia, 24 de ellos ubicados en Castilla y León, y 3 en la provincia de Valladolid. Hizo mención especial a los campos de Miranda de Ebro (Burgos) y de León, en lo que hoy es el Parador de San Marcos.

    La mayoría eran recintos al aire libre, pero también se usaron instalaciones y edificios ya existentes: plazas de toros como las de Soria, Bilbao, Cáceres, Valencia, Málaga, Madrid o Pamplona; campos de fútbol como los del Real Madrid o el Rayo Vallecano; edificios religiosos de Cataluña, Galicia o Castilla y León… Carlos Hernández de Miguel, autor de “Los últimos españoles de Mauthausen”, retrata en este segundo libro la vida y la muerte en el interior de los campos de concentración franquistas a través del testimonio de centenares de prisioneros.

    “En los campos de concentración franquistas no hubo cámaras de gas, pero se practicó el exterminio y se explotó a los cautivos como trabajadores esclavos. En España no hubo un genocidio judío o gitano, pero sí hubo un verdadero holocausto ideológico, una solución final contra quienes pensaban de forma diferente”. Esta es una de las conclusiones que aporta Carlos Hernández de Miguel en este libro.

    La obra consta de dos partes bien diferenciadas. En la primera de ellas se detalla, a través de los documentos oficiales, el proceso de creación y consolidación del sistema concentracionario franquista. Un sistema que, además de los campos de concentración, contó también con centenares de batallones de trabajadores esclavos. Un sistema que nació poco después de la sublevación militar, pero que se prolongó durante buena parte de la dictadura. La otra parte del libro relata el hambre, las torturas, las enfermedades, la muerte… en definitiva, el drama humano que sufrieron esos cientos de miles de hombres y mujeres que pasaron días, meses o años entre las alambradas franquistas.

    Después de tres años dedicados en exclusiva a investigar este capítulo olvidado de nuestra Historia, en los que ha visitado decenas de archivos, el autor ha logrado identificar 296 campos de concentración oficiales, abiertos en otras tantas ciudades y pueblos españoles. Algunos de ellos fueron, en realidad, grandes complejos concentracionarios formados por varios recintos. Es el caso de la ciudad de León, en la que se estableció un campo central en el monumental Hostal de San Marcos y otros tres de menor tamaño en Hospicio, el Colegio Ponce y Santa Ana. Algo similar ocurrió en Alicante, Guadalajara, Irún, Cáceres, Cartagena, Pamplona, Murcia y Bilbao

    Veinticuatro campos de concentración en Castilla y León

    El territorio castellanoyleonés fue el cuarto que más campos de concentración franquistas albergó, 24. Solo Andalucía, con 52 campos, la Comunidad Valenciana con 41 y Castilla-La Mancha con 38 le superan en esta particular clasificación del horror. Además, los recintos concentracionarios más longevos y más importantes del franquismo estuvieron instalados en esta comunidad autónoma. La cifra total de campos de concentración identificados en la obra es casi el doble de la que se había logrado documentar en trabajos anteriores.

    Este es el listado de campos de concentración habilitados en Castilla y León que el autor ha podido documentar: provincia de Ávila: Arévalo; provincia de Burgos: Aranda de Duero, Burgos, Castrillo del Val, Lerma y Miranda de Ebro; provincia de León: Astorga (cuartel de Santocildes y la Pajera de Carro), León (complejo concentracionario formado por los campos de San Marcos, Santa Ana, Hospicio y Colegio Ponce), Santa Martas y Valencia de Don Juan; provincia de Palencia: Palencia (en Viñalta, en las Escuelas Berruguete y en el Manicomio Viejo); provincia de Salamanca: Ciudad Rodrigo (Monasterio de la Caridad) y Salamanca (Grupo Escolar Francisco de Vitoria); provincia de Segovia: Armuña y Cerezo de Abajo; provincia de Soria: El Burgo de Osma (seminario de Santo Domingo de Guzmán y plaza de toros), Medinaceli, monasterio de Santa María de Huerta y Soria (convento/cuartel de Santa Clara); provincia de Zamora: Toro (Asilo de la Marquesa de Valparaíso y hospitales de la Convalecencia y de la Cruz,) y Zamora (antiguo cuartel de Infantería)

    Tres campos de concentración en Valladolid

    La provincia de Valladolid albergó tres campos de concentración: monasterio de la Santa Espina, Medina de Rioseco (Paneras de Galindo y finca Villagodio) y Valbuena de Duero. Este último estuvo ubicado en el monasterio de Santa María, tenía capacidad para 3.500 prisioneros y operó, al menos, durante los meses de abril y mayo de 1939. Mayor importancia y duración tuvieron los otros dos campos vallisoletanos. En el del monasterio de la Santa Espina llegaron a hacinarse más de 4.300 hombres, aunque su capacidad oficial era de apenas 600 prisioneros. Estuvo en funcionamiento entre agosto de 1937 y noviembre de 1939. Por último, el que las autoridades franquistas abrieron en Medina de Rioseco estuvo operativo entre agosto 1937 y, al menos, mayo de 1939. Los prisioneros de este campo fueron distribuidos en tres edificios: la antigua fundición La Rosario (que dejó de utilizarse muy pronto), las Paneras de Galindo y la finca Villagodio. Más de 4.000 prisioneros llegaron a concentrarse en este campo, a pesar de que los propios militares franquistas habían recomendado albergar, como máximo, a 750 hombres debido a las pésimas condiciones del recinto.

    Recintos de exterminio, trabajos forzados, castigo y “reeducación”

    El 19 de julio de 1936, menos de 48 horas después del inicio del golpe de Estado contra la República, los militares sublevados abrieron las puertas del primer campo de concentración en la ciudad de Zeluán (Protectorado español de Marruecos). Franco envió una orden al resto de los generales instándoles a organizar “campos de concentración con los elementos perturbadores, que emplearán en trabajos públicos, separados de la población”. A partir de ese momento, centenares de recintos que respondían a esa denominación oficial serían inaugurados en Canarias, Baleares y en las zonas de la Península que conquistaban las tropas “nacionales”.

    Tal y como ha documentado Hernández de Miguel, el sistema concentracionario franquista no fue homogéneo y estuvo marcado por la improvisación y la arbitrariedad de sus responsables. Aún así, los campos de concentración de Franco fueron básicamente lugares de exterminio, castigo, sometimiento, “reeducación” y, sobre todo, de selección. El dictador no quería que ni uno solo de los prisioneros que capturaba en el frente ni aquellos civiles que detenía en retaguardia quedaran en libertad sin haber sido concienzudamente investigados y depurados. Los campos de concentración fueron los lugares en los que se realizó esa selección. Los oficiales del Ejército y los miembros más destacados de las organizaciones republicanas fueron asesinados o sometidos a juicios sumarísimos que les condujeron al paredón para ser fusilados o a prisiones en las que pasaron años encerrados en condiciones infrahumanas. El resto de los cautivos fueron utilizados como obreros esclavos en el propio campo o en batallones de trabajadores que construyeron centenares de infraestructuras, algunas de las cuales aún seguimos empleando hoy en día.

    Los campos de concentración de Franco persiguieron otro objetivo: amedrentar a los cautivos y lavarles el cerebro para evitar que pudieran representar una amenaza para la dictadura. Los documentos oficiales y la prensa del Movimiento describían gráficamente cuál era el fin último de este adoctrinamiento forzoso que se llevaba a cabo en los campos: “Ganarlos para la causa de la nueva España, para la fe en Dios, para el amor a la Patria, para la veneración por el Caudillo providencial que nos rige…”. Diariamente eran obligados a cantar los himnos franquistas, realizar el saludo fascista, asistir a charlas “patrióticas” y participar en misas y otros actos religiosos.

    No hubo campos para mujeres, pero sí hubo mujeres en los campos

    En la mentalidad machista y falsamente paternalista de los dirigentes franquistas, las mujeres no encajaban en los campos de concentración. Su destino fueron las cárceles, donde sufrieron las mismas penurias, fueron sometidas a idénticas torturas e incluso a más vejaciones que sus compañeros republicanos. No hubo, por tanto, ni un solo campo de concentración oficial femenino. Aún así, el autor ha podido documentar casos excepcionales como el de Los Almendros en Alicante donde sí hubo prisioneras durante los primeros días. También hay constancia de la presencia de pequeños grupos de cautivas en Cabra (Córdoba), el convento de Santa Clara en Soria, Camposancos en La Guardia (Pontevedra), los Campos de Sport de El Sardinero en Santander y San Marcos en León. Al finalizar la guerra, el campo de concentración de Arnao en Castropol (Asturias) congregó, bajo durísimas condiciones de vida, a mujeres cuyo único delito había sido ser madres, hermanas, hijas o esposas de hombres a los que se acusaba de haberse unido a la guerrilla antifranquista.

    Los propios cautivos relatan la vida y la muerte en los campos

    El autor ha dedicado una parte importante del libro a dar voz a las víctimas, hablando con algunos de los pocos supervivientes y recopilando centenares de testimonios. “Cuando yo estuve, las ´sacas' eran por la noche. Llegaban los falangistas y daban en los pies de uno. ´Venga arriba´. ´Oiga, que yo me llamo fulano de tal'. ´Ni fulano ni nada, arriba'. Y les sacaban para fusilarles”, relataba Ángel Fernández Tijera de su paso por Miranda de Ebro.

    Las enfermedades, los malos tratos y, sobre todo, el hambre fueron las peores pesadillas para los prisioneros. “Cuando un oficial se retiraba del campo, se dio cuenta de que su perro no estaba a su lado y comenzó a silbar al can, silbido va y silbido viene y del chucho ni rastro. Al día siguiente se encontraron la piel y la cabeza del animal fuera de las alambradas. Como se puede suponer ¡nos lo habíamos comido crudo!”, escribía Guillermo Fernández Blanco, en sus memorias inéditas.

    “Un día ví una escena que jamás he podido olvidar. Los cocineros habían tirado un hueso mondo y lirondo, sin carne, y cuando un perro vagabundo lo cogió, un prisionero se abalanzó para quitárselo. Fue una pelea lamentable. El hombre acabó con un brazo destrozado”, rememoraba Luis Ortiz.

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